Historia de la identidad ariqueña prehispánica

Renato Aguirre Bianchi arica@bigfoot.com

"El mejor profeta del futuro es el pasado" (Lord Byron)

Introducción

Título de la imagen: "Arica y su vecindario natural"

No cabe duda que Arica es muy diferente al resto de Chile. Aunque algunas autoridades suelen ignorarlo y la pasividad de nuestra población no ayuda precisamente a resaltarlo, aquí ha persistido un "aroma" o "color" andino multiétnico, de rico pasado y, potencialmente, con grandes proyecciones futuras. Esto contrasta con la deslavada identidad que Santiago impone a la República, en parte producto de un discutible intento por forzar una homogeneidad étnica y cultural. Sin embargo, el proceso de chilenización del territorio ariqueño, hábilmente implementado desde principios del siglo XX, no supo respetar una identidad que sin duda habría enriquecido al país. Ante tamaño esfuerzo y poderío político, nuestra idiosincrasia se replegó a un plano casi clandestino, al estilo de las creencias religiosas andinas durante la abusiva catequización de los siglos XV y XVI, y no consigue hoy el respeto que merece por la falta de líderes decididos y una enfática gestión colectiva. Así, nos vemos como una provincia postergada, que no consigue explotar su vocación andina.

Nuestra identidad empieza a debilitarse a partir de fines del siglo XV, cuando el Imperio Inca conquista al altiplano circuntiticaca y nos impone autoridades aymaras incanizadas que hacen desaparecer a la Cultura Arica. Con la llegada de los españoles, Arica pasa a ser un territorio explotado, sólo útil para facilitar el despojo de América. Aún durante el apogeo de la explotación de la plata de Potosí, Arica no era más que un puerto de embarque, servido por escasos funcionarios españoles que finalmente decidieron trasladarse a Tacna para evitar la amenaza de la malaria y de los corsarios, piratas y filibusteros. Luego, como parte de la República del Perú, Arica tuvo una mísera existencia pero reaparece un brote de autenticidad cuando, el 2 de febrero de 1826, ante toda la comunidad ariqueña, nuestro alcalde le solicita por escrito a Simón Bolívar que nos incorpore a la recién formada Bolivia. Fracasado el intento, Bolivia hace todo lo posible por perjudicar el desarrollo de Arica y así llegamos a la Guerra del Pacífico con sólo 4.013 habitantes (9.051 si incluimos a la sierra), mientras que Tacna tenía 10.778 y 19.245 habitantes respectivamente. En esa oportunidad sólo fuimos un bastión militar que era necesario conquistar y así llegamos a Chile, como un mísero territorio sin más importancia que la derivada de estrategias militares, pese a que hace más de 9.000 años fuimos uno de los enclaves planetarios privilegiados para el asentamiento de comunidades de la primitiva humanidad. No volveríamos a ver un esfuerzo colectivo para proteger nuestros intereses hasta los años que precedieron la implantación del Puerto Libre de Ibáñez. Luego permitimos que los mercaderes nos utilizaran para su beneficio y aquí estamos ahora, ahogados por el centralismo y otros males republicanos.

No propongo una rebelión contra el Santiago que hoy limita nuestra vocación andina, sino un esfuerzo por conseguir respeto a nuestra idiosincrasia y permitirnos participar dignamente, de igual a igual, con Santiago y otras partes del país en la aventura de hacer de Chile un país progresista y respetuoso de su historia, etnias y singularidades. La “República Independiente de Arica” nunca ha existido ni debería ser más que una expresión simbólica de nuestra vocación andina, pero mucho menos puede ser un pariente pobre que ni figura en algunos mapas utilizados por nuestro país para promocionarse en el extranjero.

Las bondades de Arica permitieron profundo cambio en el estilo de vida de los andinos arcaicos, acercándolos a la sedentariedad que es el origen de las adquisiciones culturales. En los milenios que siguen, el Mundo Andino se organiza paulatinamente formando sociedades con principios básicos comunes pero que difieren en varios aspectos. Para comprender nuestra evolución ulterior, es necesario aclarar que, al llegar a un desarrollo cultural más avanzado que el de las bandas de nómades, éstas se especializaron en uno de tres rubros principales pero no exclusivos: la ganadería de camélidos en el altiplano, los recursos marítimos en la costa y la agricultura en regiones intermedias. Por otra parte, se definen dos estilos de progreso: el más "convencional" del norte peruano, basado en agrupaciones urbanas de cierto tamaño, y el del altiplano, rural, trashumante. A la larga, este último también forma reinos de cierta magnitud a partir de unos 1.500 años a.C., pero menos despóticos y centralizados que los de la tradición nortina. Arica fue fuertemente influenciada por las sociedades altiplánicas pero, al igual que la costa vecina, la población estaba organizada en múltiples unidades pequeñas, curacazgos que no logran trascender culturalmente más allá de sus límites, con la excepción de la Cultura Arica a la cual queremos llegar con este artículo. Pero aún ésta era un conglomerado de curacazgos. Entre Paracas y San Pedro de Atacama, no hubo ningún centro urbano creador de cultura.

Período Arcaico

El Hombre de Acha

Título de la imagen: "Instrumentos de piedra del Hombre de Acha"

Cuando un pequeño grupo de cazadores semi-desnudos armados con lanzas con puntas de piedra descubrió Arica hace unos 9.500 años, el Mundo Andino era homogéneo en cuanto a que estaba poblado por bandas de individuos que recorrían el territorio procurando penosamente su sustento mediante la caza de auquénidos, aves y roedores en un ámbito cordillerano hostil. En Arica encontraron un clima excepcional, un espacio sin animales carnívoros, serpientes venenosas ni la amenaza de otros grupos humanos. Los primeros ariqueños, unos 10 a 15 individuos, instalaron un asentamiento provisorio donde la quebrada de Acha se junta con el valle de Azapa, al oeste del Cerro Sombrero. Allí levantaron viviendas circulares con un fogón central, delimitadas por una doble hilera de piedras y trozos de formaciones calcáreas de origen marino, las que pudieron servir para afirmar postes de madera que sostenían paredes de material liviano, conformando tal vez una vivienda cónica, e iniciaron un nuevo estilo de subsistencia: el de los cazadores-recolectores costeros, en contraste con los cazadores nómades del altiplano. El lugar está hoy ocupado por un basurero informal, al otro lado de la carretera en relación al aeródromo El Buitre. Pronto se instalarían en el vecindario otras bandas y otras más descubrieron en la misma época las bondades de la vida costera en valles vecinos, como en Tiliviche. Mucho más lejos, recién se instalaban los primeros asentamientos humanos en el valle del Nilo.

Los instrumentos de piedra encontrados en el asentamiento más antiguo (Acha-2) son apropiados para la caza de auquénidos y peces, la mayor parte de calcedonia (hay un depósito a decenas de kilómetros de la costa) y algunos de obsidiana, un vidrio natural que se encuentra en la cordillera. La alimentación de estas bandas se basaba principalmente en moluscos y peces en menor proporción, con un poco de carne de ¿auquénidos? y alimentos vegetales. Tal vez esta gente habitaba parte del año más cerca de la costa, pero el campamento en referencia pudo servir para capturar uno que otro auquénido que se aventuraba por esos lares y posiblemente para acercarse un poco a los depósitos de calcedonia que necesitaban para sus herramientas.

Sin embargo, aunque cazadores ocasionales, priorizaron los recursos marinos, pescando con anzuelos de espina de cactus y arpones y buceando moluscos. De hecho, la primera víctima de las enfermedades laborales de Chile pudo haber sido el individuo encontrado en una de las tumbas cavadas en el suelo, pues muestra osteomas (protuberancias óseas) del conducto auditivo externo, los que se producen por el buceo frecuente en aguas frías. Al respecto, un dato curioso: por los restos de conchas encontrados, parece que buceaban en las costas rocosas que están al sur del Morro y por alguna desconocida razón no explotaron las machas que eran tan fácilmente recolectables en la playa Chinchorro o la que pudo haber existido en esa época tan lejana en la que la conformación del litoral difería de la actual. El Hombre de Acha revela, de acuerdo a Muñoz y Chacama, un "patrón de movilidad de subsistencia": había moverse para aprovechar todos los recursos que nuestra generosa tierra podía ofrecer, miles de años antes de que apareciera la agricultura.

Este patrón de subsistencia se aplica a otros grupos arcaicos vecinos a Arica. Hubo poblaciones de pescadores que habitaron la costa del valle Camarones hace unos 4.000 años y que ocupaban ocasionalmente un lugar a 40km tierra adentro, Conanoxa, seguramente para proveerse de la calcedonia que necesitaban para sus instrumentos líticos (Schiappacasse).

Pero no debe pensarse en un estilo de vida homogéneo para nuestros antecesores arcaicos: mucho antes de los usuarios del Conanoxa arcaico, hace más de 6.000 años según Lautaro Núñez, en Tiliviche (un estrecho valle entre Arica e Iquique), cazadores arcaicos habrían empezado a criar cuyes para su alimentación en un asentamientos no permanente.

Lo descrito configura un esquema de utilización de nuestras tierras bajas por grupos no homogéneos de cazadores de los valles y pescadores del litoral, que utilizaban como podían nuestros recursos alimentarios y la materia prima para su industria lítica, estableciendo asentamientos ocasionales ocupados con mayor o menor intensidad según sus necesidades. La densidad poblacional debió ser reducida, pues los recursos se agotan. Entonces, aparece la especialización y el perfeccionamiento técnico en el ámbito arcaico: se gesta el Complejo Cultural Chinchorro, el cual basa su existencia en la explotación más sofisticada de los recursos marítimos.

Los Chinchorros inician la singularidad ariqueña

Título de la imagen: "Desde otra dimensión, los chinchorros observan con tristeza el presente de Arica". Obra de Eugenia Ramos Espinoza.

Uno a dos milenios después de que el Hombre de Acha se asentara en nuestros lares, aparecen los Chinchorros, de genes amazónicos pero tal vez provenientes de la costa del sur del Perú actual, igual que el Hombre de Acha. De hecho, hay muchas similitudes morfológicas entre ambos, pero los Chinchorros introducen dos elementos de trascendencia.

El más espectacular es el inicio, a nivel planetario, de la momificación artificial hace unos 7.500 años. No hay momias artificiales más antiguas en la historia de la humanidad (detalles disponibles en http://briefcase.yahoo.com/lautaro). Que la sofisticada civilización egipcia momificara a su gente importante dos milenios después no es tan espectacular como la gestión de los Chinchorros, una sociedad arcaica en la edad de piedra que no sólo "inventó" la momificación sino que la aplicó sin discriminación de rango social. Esto, más que la primicia, es lo que les otorga una singularidad sin parangón en la historia de la humanidad.

El otro logro importante de los Chinchorros es su estilo de vida. La riqueza de nuestro mar les permite un esbozo de sedentariedad gracias a una ingeniosa especialización como pescadores, mariscadores y cazadores de animales marítimos, aunque su organización social era primitiva, basada en bandas sin estratos sociales, probablemente comandadas por un jefe, función posiblemente dependiente de su mayor habilidad y/o capacidad como procurador de alimentos. Entre sus presas estaban los lenguados, jureles y similares, lisa, caballa, corvinas, pejeperros, lobos de mar y delfines. Entre los moluscos, preferían a los locos y choros antes que a las lapas, machas y almejas. También tuvieron el envidiable privilegio de disfrutar de los camarones de agua dulce de nuestros valles, aparentemente uno de sus manjares favoritos.

Sedentariedad y recurso alimentario fácil de obtener significa tiempo libre. Cuando hacía mucho que los chinos comenzaran su gestión agrícola y que en el Oriente Próximo se hubiera domesticado a las ovejas y a las cabras, los chinchorros no hacían más que pescar, mariscar y a veces tratar de cazar vizcachas y algún auquénido o un venado andino (taruka), para lo cual debían introducirse en los valles. Satisfecha el hambre con relativa facilidad y sin la exigente demanda de tiempo que impone la agricultura, tenían tiempo disponible para el complejo proceso de momificación que parece haberse iniciado en la desembocadura del valle Camarones. En definitiva, podemos concluir que ya hace más de 7.000 años Arica era un lugar muy especial en el contexto mundial.

El destino final de la gente del Chinchorro sólo puede suponerse. Se dice que los que continuaron el modo de vida del Período Arcaico pasaron a ser los primitivos Changos que encontraron los españoles en las costas del norte de Chile y que adquieren importancia durante el comienzo de la explotación del salitre en el siglo XIX, pues en sus balsas de cuero de lobo infladas transportaban el cargamento a los barcos. Pero no es descabellado suponer que algunos incorporaron la agricultura, protagonizaron el profundo cambio social y cultural consecuente (Desarrollo Formativo) y tal vez, en último término, contribuyen a la línea evolutiva de la Cultura Arica.

Parece que por entonces los habitantes del altiplano habían ya descubierto la maravilla geológica, climática, marítima y económica que es Arica y su sierra y seguramente organizaban expediciones a la costa destinadas a conseguir alimentos y (posiblemente, dada la naturaleza humana), mujeres. De hecho, los Chinchorros disponían de plumas de aves amazónicas y semillas de quinua, lo que sugiere una muy precoz interacción con lejanas poblaciones andinas.

Los altiplánicos, ya con una larga tradición trashumante y presionados por factores climáticos, el crecimiento demográfico que trajo la domesticación de los auquénidos (hace más de 4.000 años) y la introducción de la agricultura (iniciada tímidamente en Los Andes hace unos 6.000 años), se vieron obligados a expandirse y a ocupar espacios de la puna aún más inhóspitos que el Titicaca.

Hace tal vez unos 3.500 años, ciudadanos de las estructuras sociales que antecedieron a la cultura Pukara del norte del Titicaca, ya habían establecido con nuestras costas un estilo de comercio mediado por caravanas de llamas y de esta forma tuvieron acceso a nuestros productos y de paso interactuaron con ariqueños costeros, influyendo fuertemente en su desarrollo.

Hacia finales de lo que los arqueólogos denominan Período Arcaico (pre-agrícola), la gente empieza a abandonar sus viviendas precarias y a agruparse en comunidades más estables, pero siguen siendo "arcaicos" por la carencia de cerámica. Tal vez un esbozo de esa tendencia en Arica pueda encontrarse en los habitantes de Caleta Quiani.

Este asentamiento, cerca de donde hoy están las industrias pesqueras, tendría casi 4.500 años de antigüedad y podría representar a una población Chinchorro que con el tiempo, hace unos 3.500 años, abandona la momificación artificial. Siguen siendo pescadores-recolectores viviendo en habitaciones muy primitivas: una excavación superficial que contiene un fogón, con un parapeto semicircular de pieles para protegerlo del viento. Le damos un espacio porque en este período aparecen cestos decorados, se empieza a utilizar la lana (vaya cambio, antes "las frazadas" eran de pieles o esteras vegetales), se abandonan las sepulturas colectivas de los chinchorros para reemplazarlas por tumbas individuales con el cuerpo recostado y las piernas flectadas y se supone que ellos empiezan a utilizar algunos cultivos en forma rudimentaria (calabazas).

El abandono de la momificación artificial debe haber implicado un cambio de trascendencia en las creencias religiosas y el concepto del más allá. Sin duda, esta población está ad portas de una novedosa versión del ethos ariqueño. La especial atención que recibía la cabeza, un fenómeno que se haría más evidente con posterioridad, se manifiesta en el complejo adorno cefálico que resultaba en un moño corto de ubicación alta y lateral.

La etapa de Desarrollo Formativo entre el Período Arcaico y el Intermedio Temprano (agricultura primitiva), plantea una interrogante de importancia: ¿fueron nuestros habitantes costeros (como los de Caleta Quiani, por ejemplo) o fueron inmigrantes altiplánicos los que introducen la agricultura en Arica?. Supondremos que la primera posibilidad es la correcta, aunque no sea más que para enfatizar el concepto de que tal vez no se ha dimensionado debidamente la influencia de culturas costeras nortinas en el desarrollo de las de Arica y se ha centrado casi toda la atención en la indiscutible influencia altiplánica.

Esta etapa de la evolución cultural se caracteriza por el inicio de la agricultura y la cerámica, el establecimiento de aldeas más que campamentos transitorios y una muy primitiva metalurgia. Se ha comparado a este período con el Neolítico Temprano de Europa. Se empleaban anzuelos de material óseo y/o vegetal y hasta de cobre, arpones y arcos y flechas y aparecen los implementos para inhalar alucinógenos por la nariz. Entre los primeros cultivos se cuenta el algodón, las calabazas (Cucurbita maxima), ají (Capsicum sp.), achira (Canna edulis) y pallares (unos porotos grandes). También se disponía de camotes (batatas, Hipomea batata) de los valles de la precordillera, algo de maíz del nivel medio de los valles y yuca (mandioca, Manihot utilissima) "importada" desde hace unos 3.000 años desde el territorio amazónico al este del altiplano. Con la agricultura, desaparece la práctica de la momificación artificial. El Desarrollo Formativo nos libera del estilo de vida arcaico y nos introduce a la aventura cultural del Período Intermedio Temprano.

Inicio de la actividad agrícola en Arica

La identidad de Arica no depende en absoluto de la inusitada experiencia de los Chinchorros con la momificación artificial, sino que empieza a esbozarse cuando esta fase cultural languidece y se inicia la actividad agrícola en Azapa. Como en el resto del mundo, la agricultura marca el inicio de la organización social sofisticada y la adquisición de elementos culturales que evolucionan con rapidez.

En Azapa la agricultura tuvo inicios modestos. Santoro define una Fase Azapa como una etapa experimental de explotación agro-alfarera del valle, no lejos de la costa, que se inicia hace más de 3.000 años. Hay en esta fase elementos culturales como el grabado de calabazas, la técnica de tejido y serpientes en cobre fundido, que sugieren la influencia de poblaciones costeras del sur del Perú (Paracas). En ese momento se inicia una profunda transformación del estilo de vida de los ariqueños. Supongo que el crecimiento demográfico obliga a buscar recursos de mayor rendimiento (agricultura) quién sabe si con la ayuda de la influencia altiplánica, la que empieza a hacerse sentir en nuestras tierras bajas. Por cierto, eso implica una mayor servidumbre humana al proceso de procuración de alimentos y ya no hay tiempo para preparar momias.

Otras poblaciones del Período Formativo son las de Faldas del Morro (800 a.C.) y El Laucho (530 a.C.), conformadas por pescadores-recolectores con una agricultura incipiente, cuya peculiaridad reside en la introducción de la cerámica (implementos primitivos con forma de calabaza), de la textilería a telar y de la metalurgia (cucharas y anzuelos de cobre, alfileres para sujetar el turbante). Estamos ya en un período de incipiente sedentariedad, la que en todo el mundo coincide con la aparición de la cerámica. Con ellos aparecen en Arica los alucinógenos y el arco y flecha. Los entierros mostraban la influencia del sur peruano: se abandonan las fosas comunes con cuerpos en decúbito dorsal y aparecen tumbas individuales con el cuerpo recostado de lado, las piernas flectadas y envuelto por tejido de lana. El primitivo taparrabos de fibra vegetal de Chinchorro y Caleta Quiani se enriquece: faldellines de cordones de lana o cuero, camisas y chalas. No es descabellado pensar que la gente de El Laucho ya iniciara prudentes navegaciones montados sobre una madera. Se empieza a hacer más evidente una especial reverencia por la cabeza humana, perfeccionándose los turbantes que ya se usaban en el Complejo Chinchorro y en Caleta Quiani, llegando ahora a constituir complicadas elaboraciones de madejones de lana multicolor enrollados sobre la cabeza, además de que algunos cuerpos fueron descabezados tiempo después del entierro. La deformación artificial del cráneo, ya presente en Chinchorro, se populariza y se hace más radical.

Según me explicó Espoueys, lo que debe recalcarse de las fases Faldas del Morro y El Laucho es el inicio de una sociedad con esbozos de organización comunitaria, es decir, la banda desaparece para dar paso a la aldea. La aparición de caravaneros altiplánicos introduce y estimula el uso de artículos suntuarios (adornos, por ejemplo) y, como ellos venían "a comprar", había que producir.

La cultura Alto Ramírez, la primera en establecer una economía agropecuaria en Arica, tiene sus orígenes en asentamientos de Azapa a unos 10km de la playa, de los que se tienen datos desde hace más de 3.000 años. En su primera etapa coexiste con los últimos Chinchorros, con un nivel cultural y estilo de vida similar a los de Faldas del Morro y El Laucho.

Posteriormente, hace 2.500 años, cuando la unidad socio-política Pukara estaba estableciéndose en el norte de la cuenca del Titicaca, Alto Ramírez ha madurado hacia una cultura peculiar con un estrato de elite gobernante, diferente del resto de Arica, de fuerte influencia altiplánica y tan exitosa que domina al valle de Azapa y se extiende al sur del Perú y hasta el río Loa. Entre tanto, en la costa estaban los asentamientos de El Laucho ya descritos.

En este período se consolida la agricultura (aparecen los cultivos intensivos de maíz), la metalurgia a escala reducida (cobre, oro, plata), la cestería y textilería especializadas y se introducen conceptos e imágenes altiplánicas como los diseños geométricos, figuras de rostros con apéndices faciales que tal vez representen al dios Tunupa, los sacrificios humanos y se intensifica el culto a la cabeza humana que se inicia en las postrimerías del Arcaico (Chinchorro) y se hace tan evidente en Faldas del Morro. Ahora el cráneo aparece como un objeto ritual, a veces provisto de una envoltura con un asa para transportarla en ceremonias rituales. Nótese que en el actual Perú, los Paracas de la época también manifestaban un enfático culto a la cabeza humana y su cerámica tiene representaciones de cabezas-trofeo.

La gente de Alto Ramírez vivía en recintos circulares o rectangulares en el sector que hoy lleva el mismo nombre, un terreno plano al sur del río San José, limitado por cerros al oriente y al poniente, con un curso de agua serpenteante que provenía del sur (quebrada de Llosyas).

La práctica funeraria consistía en depositar a los cadáveres de costado, con las piernas dobladas, a menudo decapitados, desmembrados, o con la columna violentada al ser doblada hacia atrás, cubriéndolos con esteras y tierra, formando así pequeños cerros o túmulos, algunos de los cuales persisten en las tierras colindantes al Club de Golf y en el cementerio de San Miguel de Azapa, sobre los cuales se han agregado tumbas modernas, haciendo de éste uno de los cementerios en uso más antiguos del mundo. Se ha postulado que estos túmulos funerarios se inspiran en las peculiares pirámides desprovistas de puntas que edificaban en la vecindad del Titicaca las etnias Pukara y Chiripa. El túmulo más antiguo de Azapa data de 490 a.C. y el más conspicuo, en el extremo noroeste del sitio AZ-14 (al oriente del Club de Golf), lo llaman "el abuelo" y en su cumbre hay un letrero advirtiendo que es un patrimonio cultural que no puede ser destruido, un loable esfuerzo de don Luis Briones que sólo ha tenido un éxito parcial, pues muchos túmulos han sido arrasados por los agricultores contemporáneos.

Título de la imagen: "Túmulo funerario cercenado para dar espacio a una plantación de tomates en el valle de Azapa".

Las perturbaciones del cadáver se deben a que no siempre se enterraban a tiempo (entierros "secundarios", posteriores a la descomposición del cadáver) y algunas veces habrían sido sacrificados en un rito destinado a satisfacer a un tétrico personaje altiplánico que tuvo amplia difusión en el Mundo Andino: el Decapitador.

En contraste con las manifestaciones funerarias, las habitaciones eran muy primitivas, probablemente de paredes de caña y techo de totora o similar. Para sus labores de pastoreo disponían de perros y hondas. Calzaban sandalias más elaboradas que las chalas de las poblaciones de la Fase de Transición y usaban las típicas camisas andinas sin mangas (unku), fajas y gorros multicolores en forma de hongo, tejidos con lana. La cerámica era casi tan primitiva en su diseño como la de Faldas del Morro, pero su técnica de elaboración era superior. Hay algo que merece destacarse de la Fase Alto Ramírez. Aunque los contactos con los altiplánicos pueden trazarse hasta la Fase Cultural Chinchorro, es en esta etapa cuando aquellos parecen adquirir un especial interés por nuestras tierras. Interpretando con algo de fantasía la evidencia arqueológica, podría suponerse que los altiplánicos comenzaron a enviar a "agentes" para "convertir" a nuestros autóctonos, con su tecnología agrícola como sólido argumento. Espoueys me relató una novedosa hipótesis de trabajo no publicada: actualmente involucrado en el estudio de las deformaciones craneales, le llamó la atención la inesperada cantidad de individuos braquiocefálicos en el sitio AZ-115, al lado del actual Museo Arqueológico de Azapa, antes territorio de la Fase Alto Ramírez. Estos "cabezones", diferentes a los cráneos autóctonos y concentrados en un lugar tan específico, podrían se la evidencia física de esta misión de proselitismo altiplánico.

De esta manera, vemos cómo se consolida la rica interacción étnica que es una de las características de la Arica pre-chilena. Pero aún no somos "ariqueños": recién comienza nuestro largo período de "provincianos" subalternos de los altiplánicos.

Período Medio. Nace el concepto de "ariqueño"

La experiencia de los altiplánicos con la gente de Alto Ramírez debió haber sido favorable, pues no tardaron en instalarse en Azapa para tener acceso a los productos agrícolas que no podían cultivarse en sus tierras. La etnia Cabuza marca el inicio del Período Intermedio Medio, caracterizado en Arica por el dominio altiplánico de nuestro territorio. Poco antes del año 400 y de la expansión del imperio Tiwanaku, los Cabuzas se instalan en nuestros valles altos y medios, con sus peculiares gorros de cuatro puntas, sus "keros" (vasos ceremoniales para la chicha), camisas de mejor factura, fajas-bolsa, arcos y flechas e incorporando instrumentos de madera como azadones, armas como la macana (una piedra hecha firme en el extremo de un palo, al estilo de una maza o garrote) y la coca. Vivían de las llamas y alpacas y del cultivo del maíz, calabazas, porotos, quinua, camote y otros productos agrícolas que se comercializaban en las vecindades del Titicaca, transportados mediante caravanas de llamas, posiblemente protegida por "militares".

Entre sus creencias se destaca la idolatría al cóndor, los felinos, los camélidos y el falo. La utilización de alucinógenos es poco frecuente y parece reservarse a las prácticas shamánicas. Con ellos se inician los enterramientos en cuclillas, costumbre que perduraría hasta la llegada de los españoles, la cerámica decorada como ofrenda funeraria y aparecen los "orejones" en Arica, individuos de clase de elite que perforaban los lóbulos de sus orejas, práctica que sería muy común en el incanato, casi 1.000 años después.

No cabe duda que los cabuzas no formaron asentamientos marginados de la población ariqueña, sino que de muchas maneras se integraron con ellos. Su relación con los habitantes de Alto Ramírez debió haber sido estrecha, pues a menudo utilizaron los mismos espacios que éstos para sus cementerios y depositaron ofrendas sobre los túmulos funerarios. Es posible suponer que la población cabuza de bajo estrato social estuvo conformada por ariqueños que de una u otra manera fueron adoctrinados por los altiplánicos. Posteriormente, cuando unos tres siglos después aparece el estilo cultural Las Maytas, los cementerios Cabuza, típicamente instalados a los pies de las laderas del valle, tienen las tumbas propias de la etnia en la parte alta y se continúan hacia abajo por las de Las Maytas. Con esto quiero enfatizar lo que repito con insistencia: en Arica se vivió, ya desde el Arcaico y hasta el Intermedio Tardío, una intensa interacción complementaria de diversas etnias, aunque a veces con algunos ribetes de enfrentamiento.

Casi simultáneamente con la aparición de los Cabuzas, se consolida en la región circunlacustre un fenómeno sociopolítico trascendental: el reino Tiwanaku, al sur del Titicaca, se sobrepone al reino Pukara del norte y adquiere la hegemonía de todo ese territorio y consolida en Arica la influencia cultural altiplánica a través de una blanda dominación ulteriormente controlada desde Moquegua, la cual incorpora a los Cabuzas (pero los mantiene a cierta distancia, como a gente inferior) y que sólo declinaría hace unos 1.000 años, evento que marcará el origen el Período Intermedio Tardío y la Cultura Arica.

Durante el Período Medio aparece el germen de nuestra identidad, la Fase Cultural Las Maytas (800 d.C.). Hoy se piensa que los Maytas no eran altiplánicos, sino tal vez ariqueños/sur-peruanos de origen costero. Aunque estaban estrechamente relacionados con los Cabuzas y ocupaban los mismos espacios y cementerios, tal vez en calidad de subalternos, a la larga establecieron con ellos una relación tensa e hicieron lo posible por diferenciarse de lo altiplánico. El pukara de San Lorenzo de Azapa, ocupado ya en el Intermedio Temprano por la gente de Alto Ramírez y luego por los altiplánicos, pudo llegar a ser no una estructura defensiva sino un recinto amurallado que sirvió como centro administrativo de la gente de Las Maytas (y luego San Miguel de la Cultura Arica), tal vez empeñada en "enfatizar su posición de no dependientes" para usar las palabras de Espoueys et al.

Al respecto, es interesante mencionar lo que ocurrió en el sitio AZ-3, cerca del kilómetro 20 de valle de Azapa, hoy en vías de convertirse en una plantación de maracuyá. Allí hay un cementerio Cabuza y Las Maytas, con piedras con petroglifos y "tacitas", excavado por Espoueys a principios de la década de 1960. Encontró que algunas sofisticadas tumbas cabuza fueron profanadas por la gente de Las Maytas, su contenido oculto bajo piedras en un lugar cercano y luego ocupadas con restos mortuorios de Las Maytas.

Título de la imagen: "Oscar Espoueys revisitando el sitio AZ-3 en el 2002.

A su derecha, una de las muchas tumbas que hoy sirven de taza para plantas de maracuyá". Lo anterior, que se repite en otros sitios, concuerda con dos hechos evidentes, aclarados por Espoueys et al:

1.- La cerámica Cabuza-Tiwanaku no llega a la costa, no se sabe si porque no puede o porque no le interesa, mientras que la de Las Maytas empieza a aparecer allí, a la vez que en sus ofrendas funerarias aparecen modelos de balsas de totora. Es decir, poseen una tradición costera. Alto Ramírez, que dominaba el valle cuando llegaron los Cabuzas, empieza a establecer fuertes vínculos con la etnia costera del Laucho (Focacci). Se configura así la posibilidad de que el "ariqueñismo" (o más precisamente identidad autóctona ariqueña y sur-peruana) perdura y busca consolidarse pese al dominio foráneo.

2.- Las Maytas tiende a alejarse de lo altiplánico en lo que se refiere a su textilería y elementos tales como keros, cucharas y calabazas como implementos domésticos (pero no la cerámica), iniciando su evolución en base a la tradición Alto Ramírez. Aquí Espoueys et al se preguntan si acaso esto revela "un manejo político en el que la población Maytas se presentaría como descendiente de... Alto Ramírez, buscando justificación para obligar a un decaído Tiwanaku a reconocerlos... para poder negociar el... acceso a los excedentes del valle" que necesitaban los altiplánicos por su economía no autosuficiente. De ser así, se ignora si Las Maytas tiene una relación genética directa con Alto Ramírez.

Aunque el origen de Las Maytas llevaría a una discusión que escapa al propósito de esta crónica, podemos esbozar una escena de dominio altiplánico sobre una población local valluna (Alto Ramírez) que incita a los no "convertidos" a estrechar relaciones entre el valle y la costa. Luego surge una etnia local (Las Maytas) que revitaliza la influencia costera del sur del Perú. Aunque muy vinculada a los asentamientos altiplánicos, trata de separarse de ellos recogiendo tradiciones autóctonas y llega a profanar sus cementerios. Estos "patriotas" tienen una indiscutible relación con el sur del Perú a juzgar por su cerámica, indiscutiblemente no derivada de la de Alto Ramírez.

Siguiendo la interpretación de Espoueys, quien ha trabajado intensamente en el valle de Azapa por varias décadas, podría decirse que Las Maytas representa el tronco de Período Medio desde el cual se originan dos ramas insertas en el ámbito de los Señoríos Regionales del siguiente Período (Intermedio Tardío): San Miguel en Arica y Chiribaya en la costa del sur del Perú.

La cerámica Maytas, aunque inicialmente conserva elementos propios de Cabuza, agrega el blanco a la decoración negra sobre fondo rojo, haciendo interactuar a los colores en una continua complementación que con fuerza y por primera vez en Arica evoca la filosofía andina de los opuestos complementarios. Nace así un estilo autóctono, seguramente consecuencia de un ideal regional, que es el origen de la Fase San Miguel de la Cultura Arica.

En cuanto a la textilería, se conserva la técnica de elaboración Cabuza y otros parámetros, pero éstos nunca muestran elementos decorativos complejos, mientras que en la tradición Maytas la decoración de ch’uspas (bolsas que se cuelgan como una cartera), inkuñas (paños cuadrangulares de uso ceremonial y para el transporte de objetos livianos) y otras piezas, empieza a tener complejas figuras decorativas, entre las cuales resalta la serpiente bicefálica, supuestamente importada de la costa peruana pues ya estaba presente en Paracas. Esta persistirá en la decoración San Miguel del período ulterior (Cultura Arica), demostrando la ya referida influencia de la costa del sur del Perú, evidente a partir de Faldas del Morro. Insisto, entonces, que no todo nuestro progreso proviene del altiplano.

Título de la imagen: "Serpiente bicefálica, símbolo de la emancipación preincaica de Arica".

Si alguna vez hubo alguien que se esmeró por establecer los derechos de los habitantes de la Arica preincaica, éste era de la etnia Maytas. Ojalá pudiera reencarnarse para ayudarnos a salir de nuestro desfavorable presente...

Período Intermedio Tardío. Cultura Arica

Liberados de la influencia altiplánica tras la invasión aymara del Tiwanaku, durante el siglo XI los habitantes de los valles de Arica definimos nuestro propio estilo de vida (Cultura Arica), políticamente caracterizado por cacicazgos pequeños que controlaban dominios de territorialidad sobrelapada con la de los vecinos. Aparte del régimen económico que produjo prosperidad al no tener que compartir gratuitamente el potencial de nuestros valles, hubo también un cambio en nuestro fenotipo. Seguíamos teniendo muchos genes amazónicos mezclados con los altiplánicos wankaranis y tiwanacotas, pero lo más llamativo de la Cultura Arica del Intermedio Tardío es la homogeneidad étnica de los habitantes de nuestros valles bajos y costa, si bien los habitantes de la última (cavanchas o camanchacas) parecen más pobres que los "coles" de los valles. Podría incluirse un tercer grupo, serrano, aunque su expresión cerámica (Charcollo) aparece en el período anterior (Intermedio Medio). Nótese que durante el Intermedio Medio Arica las tierras bajas de Arica estaban ocupadas por una multitud de etnias: camanchacas costeros de El Laucho, coles de Alto Ramírez, altiplánicos (Cabuza y Tiwanaku) y esa peculiar etnia de Las Maytas tan influenciada por los habitantes costeros del sur del Perú.

Para contrarrestar el afán invasor de los Reinos Lacustres aymaras tras el colapso del Tiwanaku, a lo largo de cientos de kilómetros del norte del actual Chile se construyeron ciudades-fortalezas (pukaras). Se edificaban en un lugar difícil de acceder y allí vivían los pastores-agricultores-"soldados" con sus familias y algunos animales, en casas de base de piedra y murallas de caña, o se mantenían como refugio para los agricultores en caso de amenaza bélica. Estas estructuras defensivas suelen estar anexas a un poblado en la cabecera de nuestros valles (quien controla el origen de las aguas, domina el valle). La evidencia ceramológica sugiere que muchos de esos poblados, como Huaihuarani, Incauta y otros, tenían una población multiétnica formada por "ariqueños" y aymaras. Seguramente eran centros de intercambio comercial y cultural, una "interfase" entre los asentamientos del altiplano de Arica ocupados por etnias provenientes del Titicaca (pacajes y/o carangas probablemente) y los de la parte media y baja de los valles (Cultura Arica).

La Cultura Arica tiene una marcada identidad social consistente en poblaciones esparcidas por la parte baja y media de los valles, dedicadas a una actividad agromarítima y dirigidas por caciques cuyo poder no traspasaba los límites de la reducida territorialidad de su grupo. Cerca de la ciudad, los remanentes más conspicuos de este período son los del Cerro Sombrero. Además de la producción agrícola ya consolidada durante el Período Medio, en esta época la pesca marítima adquiere mayor desarrollo, con balsas de madera que facilitaban la captura de peces grandes como corvinas y tollos y la pesca lejos de la costa, incluyendo congrios, un valioso producto de intercambio en estado seco. Es posible que ya en esta época, los "camanchacas" costeros hubieran "importado" desde más al sur las balsas de cuero de lobo marino que usaban los Changos que conocieron los españoles.

Directa o indirectamente, los orígenes de la Cultura Arica podrían trazarse hasta las consecuencias de los enclaves cabuza del Período Medio. Cuando hace unos 1.300 años el Tiwanaku ejerce una fuerte influencia sobre las comunidades Cabuza de costumbres altiplánicas que se habían establecido en Azapa unos 300 años antes, se inicia la Fase Las Maytas (¿etnia ariqueño/sur-peruana?), con manifestaciones cerámicas que llegan hasta Taltal y representando una alternativa cultural que tiende a diferir de lo Tiwanaku. De ella deriva la primera fase de la Cultura Arica (San Miguel), hace unos 1.000 años.

La cerámica San Miguel se presta para interesantes disquisiciones. Se caracteriza por un fondo blanco-crema, con ornamentación inicialmente negra derivada de Las Maytas y luego rojo y negra con motivos ya propios. El color del fondo y la decoración solamente negra inicial demuestran, una vez más, la interacción cultural con el altiplano. Aunque se desconocen los detalles, se acepta que la tradición San Miguel deriva de Las Maytas, pero la cerámica de ésta tiene un fondo rojo y motivos en blanco y negro, lo que sugiere que San Miguel conserva en su inicio el diseño ornamental de Las Maytas, pero modifica dos parámetros: un fondo diferente y pierde la tricromía. Esta novedad parece derivar de los killakas, reino aymara instalado al sur del lago Poopó. El estilo de ellos (Taltape) tiene los mismos colores que las primeras piezas San Miguel, pero los motivos decorativos son diferentes. Se le encuentra especialmente en Pica (oasis al interior de Iquique), que está en el rango de Latitud del territorio Killaka. De acuerdo a L. Núñez, Pica era un punto vital en las comunicaciones del altiplano meridional con la costa y tenía ciertamente relaciones con Arica, puesto que otros investigadores encuentran que allí abundan los textiles, cestos y calabazas pirograbadas de la tradición San Miguel o son muy similares. A la inversa, la cerámica Taltape de los killakas es poco frecuente en Arica, pero logra imponer el color de base y la decoración negra inicial.

Título de la imagen: "Cerámica Cabuza, Tiwanaku Clásico, Las Maytas, San Miguel tardío, Gentilar y Saxamar (inca altiplánica)".

Tres siglos después de San Miguel aparece el estilo cerámico Gentilar y ya estamos en el apogeo de la Cultura Arica, complejo de agricultores de los valles (coles) y hombres de mar (cavanchas o camanchacas, quienes también practicaban la agricultura) que pescaban cerca de la costa en balsas de madera formadas por tres gruesos troncos elaborados y otras más complejas que les permitían salir a alta mar a pescar atunes, palometas, ballenas y hasta congrios, los cuales, secos y salados, eran una estupenda mercadería para negociar con los altiplánicos. La gente de San Miguel ocupaba principalmente el territorio donde ahora está en pueblo homónimo, a unos 15km de la costa, mientras que la de Gentilar ocupaba la parte baja del valle y el espacio donde ahora está la ciudad de Arica, ambos compartiendo espacios con remanentes de Las Maytas y Cabuza. En otras palabras, Las Maytas, San Miguel y Gentilar no son fases sucesivas, aunque aparecen en ese orden cronológico, sino que coexisten a lo largo del Período Intermedio Tardío y hasta el Tardío incaico.

Como hemos mencionado reiteradamente, el altiplano necesita de nuestra costa y de nuestros valles, así es que, pese a nuestra "independencia" del Intermedio Tardío, había de todos modos un intenso tráfico comercial y se formaban largas caravanas de llamas que llevaban nuestros productos, piedras bonitas, plumas y otras chucherías o vituallas al altiplano. Las caravanas siguieron cumpliendo un rol importante en nuestras relaciones comerciales con el interior hasta el año 1900, aunque las llamas se reemplazaron por mulas. Después de eso y hasta hace unas pocas décadas, seguían llegando caravanas de comerciantes de Bolivia a los pueblos de la sierra, los "marchantes".

Lo invito a que visite el panel "La Tropilla" cerca del Club de Golf, en el valle de Azapa. Un poco al oeste está el Poblado del Cerro Sombrero, con centenares de recintos habitacionales a media altura en el cerro (para evitar a los mosquitos) que eran ocupados estacionalmente por los ariqueños, cuando no estaban pescando o mariscando, para atender sus cultivos y el comercio de productos agrícolas y marítimos con los caravaneros que traían ch’arkhi, lana, quinua y papas. Me imagino a los aymaras altiplánicos, tras semanas de viaje, acampando a los pies de La Tropilla, esperando reunirse mañana con los ariqueños, quienes se preparan ya en el Cerro Sombrero para las negociaciones que seguramente se llevaban a cabo en la planicie intermedia. Los geoglifos de La Tropilla cuentan toda la historia, representan simbólicamente las creencias y costumbres (opuestos complementarios, janachu [semental], chamán, espíritus sobrenaturales) y a ellos dedican los caravaneros ceremonias rogativas por el éxito de su gestión.

Título de la imagen: "Aldea del cerro Sombrero en el valle de Azapa (1000-1400 d.C.), a unos 6km de la costa, con unas 470 habitaciones delimitadas por las rayas rojas. Continuando las pircas, las paredes estaban constituidas por palos y cueros de animales o lobo marino. El círculo amarillo destaca a un geoglifo de una llama, con técnica extractiva; el celeste, a un shamán con técnica aditiva.

Período Tardío. Fin de la Cultura Arica

Si como cree Espoueys, Las Maytas proviene de agricultores costeros autóctonos y si éstos representan el germen de la Cultura Arica, podríamos trazar una línea evolutiva a partir de Chinchorro, agricultores del Formativo (Fases Azapa, Faldas del Morro, El Laucho) hasta Las Maytas del Período Medio, culminando con los coles de San Miguel y camanchacas Gentilar. Esta evolución, por cierto, fue influenciada intensamente por el desarrollo cultural del altiplano y tal vez, en mayor intensidad de lo que se suponía, por el desarrollo cultural costero del sur del Perú.

Tras más de 400 años de Señorío Regional en Arica, los incas se aliaron con el reino aymara Lupaca de la cuenca del Titicaca para avasallar al poderoso reino aymara Colla. Como premio, los lupacas recibieron privilegios sobre los valles de Moquegua, Sama, Tacna y Lluta y probablemente los pacajes ocuparon inicialmente parte de la precordillera de Arica. Los incas no se establecieron en Arica sino que la controlaron a través de los jerarcas aymaras, si bien hubo centros administrativos imperiales en la sierra (Incahullo y Chajpa cerca de Belén, Zapahuira, Molle Grande al interior de Codpa), en Lluta (Mollepampa, a unos 25km de la costa) y Azapa (Puriza, un poco más arriba del santuario Las Peñas).

Los aymaras "incanizados" terminan haciendo desaparecer a la Cultura Arica, tal como unos cuatro siglos antes habían destruido al Tiwanaku. Más o menos esa fue nuestra historia hasta la llegada de los españoles, quienes a su vez destruyeron por las buenas o las malas a la extraordinaria e inédita experiencia social andina. Quién sabe qué hubiera sido del Mundo Andino circuntiticaca, cuna e inspiración de todo lo humano que esta región había gestado, sin el aporte de la costa y los valles, entre los cuales Arica era el principal. En lo que se refiere a su identidad, Arica ha sido casi destruida por los aymaras incanizados del Período Tardío, luego por los españoles, la administración peruana y en seguida por los chilenos.

Es pertinente insistir en que los aymaras no son ariqueños propiamente tales. Ellos adquieren importancia en el altiplano durante el Intermedio Tardío y posiblemente protagonizaron la gestión definitiva que destruyó al decadente Imperio Tiwanaku. Desde entonces empezaron a utilizar nuestros valles y a interactuar, no siempre pacíficamente, con nuestra población original, genéricamente designada como "yungas", al igual que los pobladores de las tierras bajas al oriente de la cordillera. Luego ejercieron el control de nuestras tierras como delegados del Imperio Inca y así poco a poco va desapareciendo la Cultura Arica.

Parece que los aymaras carangas eran los altiplánicos que predominaban en las cabeceras de los valles cuando llegaron españoles. Estos eran unos 35.000 indios (en contraste con los 100.000 lupacas, ocupantes de tierras más productivas en la vecindad del Titicaca) y su núcleo estaba en tierras pobres entre el lago Poopó (al este de Codpa) y la cordillera, controlando además territorios agrícolas en Cochabamba, Chuquisaka y en nuestros valles. Su "capital" estaba en el cerro Capurata, cerca de Guallatiri. Desde allí controlaban los pequeños centros productivos establecidos en la parte alta de los valles (como Livilcar y/o Humagata en Azapa y Sora en Lluta), por la vía de "centros secundarios", pueblos permanentes serranos de funciones productivas y de redistribución como Socoroma en Lluta y donde ahora está Belén.

Pese a la gran mezcla de etnias que se produce en el período incaico, debe haber aún gente que desciende en forma más o menos pura de los ariqueños propiamente tales, los yungas de la Cultura Arica. Es algo que me entusiasma: sé de por lo menos una persona entendida en estas materias que cree provenir del linaje yunga. Si consiguiera identificar a otros, podríamos formar una agrupación de yungas con el propósito de dignificar la expresión máxima del ariqueñismo, aunque abarcando también al sur del Perú.

Olvídese de Chile, Perú y Bolivia y piense en términos de poblaciones costeras del centro-oeste sudamericano y región altiplánica y le será más fácil comprender lo que expongo. Hoy cuesta integrar ese territorio artificialmente segmentado, pero cabe pensar que San Miguel y Gentilar pudieron haber tenido tanta o mayor representación al norte de la Línea de la Concordia que en el valle de Azapa. Una razón más para pensar que la Arica Profunda no tiene nada que ver con Chile...

Nuestra vocación multiétnica

Meditando con mayor profundidad respecto a una prolongada peculiaridad ariqueña, ya esbozada en el texto precedente, podemos plantear que la rica interacción étnica de la Arica prehispánica se observa en el contexto de varios espacios o planos:

1.- Vertical (nichos ecológicos costeros y cordillerano): etnias altiplánicas que influyen sobre los ariqueños del Formativo (Faldas del Morro y El Lauco), Intermedio Temprano y Medio (Fase Alto Ramírez y Cabuza), Tardío (Señoríos Altiplánicos que nos administran representando a los incas) y período Colonial (carangas, "dueños" de las cabeceras de los valles).

2.- Horizontal (distintas latitudes de la franja costera): poblaciones arcaicas provenientes del Perú (Acha, Chinchorro), tradición costera sur-peruana de Las Maytas, control ariqueño del Tiwanaku desde Moquegua durante el Intermedio Tardío.

3.- Temporal: Cabuza y Las Maytas del Intermedio Medio perduran, aunque muchos relegados a tierras más pobres, durante el inicio de la Cultura Arica en el Período Intermedio Tardío. Lo mismo ocurre en este período, pues la tradición San Miguel (año 1.000), siendo anterior a Gentilar (entre 1250 y 1300) y Pocoma, se prolonga hasta hacerse contemporánea de éstas, a la vez que Charcollo, iniciado en el Período Intermedio Medio, persiste en nuestra sierra hasta una etapa avanzada del Intermedio Tardío. Cabuza, por ejemplo, se inicia a fines del siglo IV o inicios del V, pero sus restos más recientes son del año 1400, más o menos.

Para enfatizar la complejidad de las relaciones étnicas, Espoueys me informó que el sector de Alto Ramírez había un túmulo funerario con entierros sobrelapados de la Fase Azapa (Formativo), Alto Ramírez (Intermedio Temprano), Cabuza (Intermedio Medio) e Inca (Tardío). Lo curioso es que hay un bache temporal, pues no hay entierros de la Cultura Arica del Intermedio Tardío: éstos se mantuvieron o fueron mantenidos fuera de ese lugar específico.

La época dorada del "ariqueñismo" (incluyendo el territorio costero y valluno del sur del Perú) es la de la Cultura Arica del Intermedio Tardío, con antecedentes que remontan al Período Intermedio Medio a través de Las Maytas. Las características socio-políticas de la Cultura Arica se insertan en el fenómeno de los Señoríos Regionales que afectó al centro-oeste sudamericano tras el colapso del Tiwanaku. En este período se estableció una interacción complementaria, aunque seguramente tensa, entre los nuestros y los Reinos Aymaras altiplánicos, cuya "interfase" se concentró en nuestra sierra precordillerana, donde nacen nuestros valles y cursos de agua. Desde el sector de Zapahuira hasta el valle Camarones puede trazarse una línea casi recta donde se ubican poblados con estructuras defensivas y donde se encuentra cerámica "ariqueña" costera y de los niveles medios y bajos de nuestros valles (San Miguel, Gentilar y Pocoma), ariqueña serrana (Charcollo) y altiplánica (Chilpe). Estos son remanentes físicos de un intenso y enriquecedor intercambio economico-cultural.

Posteriormente, nuestra identidad se "aymariza" a partir de mediados del siglo XV, cuando los incas dominan al espacio circuntiticaca. A diferencia del contexto etnocida de la ulterior conquista española, los incas dominan sin destruir completamente al mundo aymara. Los Reinos Aymaras occidentales adquieren privilegios para obtener recursos de la costa y valles del sur del Perú y norte de Chile. Si observa el mapa adjunto, verá que era lógico que los lupacas se encargaran del territorio desde Lluta al norte, los pacajes de Azapa y los carangas de Azapa y Camarones. Más al sur, los killakas se encargan de Pica y los Lipez se relacionan con los atacameños de San Pedro. Pero esta extrema abstracción no debe entenderse en los términos absolutos con que definimos hoy a las naciones, pues, aunque sea majadero, debo insistir en que la interacción multiétnica es de tal intensidad en el ámbito circuntiticaca al cual pertenecemos, que no sólo involucra longitudes geográficas (verticales: este-oeste, altiplano-tierras bajas) sino que hay superposiciones en cuanto a latitudes (interacción horizontal, norte-sur), además de las ya descritas interposiciones temporales (de tiempo o épocas). Es así como Arica influye sobre Pica y a la vez hay alguna presencia killaka en Arica (cerámica Taltape) y los espacios ariqueños de los pacajes son, en algún momento, difícilmente separables del de los carangas, a la vez que Charcollo coexiste con otros estilos cerámicos.

Título de la imagen: "Distribución aproximada de los Reinos Aymaras en la época del Virrey Toledo (siglo XVI).

Obviamente, ésta fue diferente en épocas anteriores" Hoy es difícil encontrar a un descendiente de los ariqueños ("yungas") de la Cultura Arica, pues las etnias originales fueron absorbidas por los aymaras. Pero éstos y las expresiones de su peculiar cosmovisión; los numerosos ariqueños con genes africanos; nuestra intensa relación familiar, social, comercial y profesional con peruanos y bolivianos de todas las etnias; nuestro pasado peruano y casi boliviano y nuestra situación geográfica, siguen haciendo de Arica " el lugar donde la integración alcanza elevados niveles de eficiencia". Tengo claro que es difícil comprender cabalmente todo el detalle de lo expuesto, pero mi intención es que los lectores incorporen el concepto de que, contrario al espíritu de hegemonía racial que impregna al ethos chilensis convencional y al implícito intento del gobierno militar de eliminar la idiosincrasia indígena de nuestra zona en aras de la doctrina de seguridad nacional, y más allá de su mediocridad urbana actual, Arica ha sido, es y seguirá siendo un enclave multiétnico que el Chile actual no puede o no quiere aceptar. Por eso nos cuesta relacionarnos con el país al que hoy pertenecemos. Por eso propongo que debemos educar a los ariqueños y al resto de Chile para que comprendan que la coexistencia de las etnias es un deber que enriquece a la nación y que deben respetarse las idiosincrasias regionales. Sólo así nos libraremos del centralismo y Arica podrá seguir su vocación andina, concepto que Santiago no comprende.

No se trata de recurrir a la Fuerza para recuperar la dignidad de Arica, aunque no hay lugar para planteamientos tímidos. Por algo en nuestro Escudo Nacional primero se cita a la Razón...