Visiones de la Arica Profunda 
 
Para un capitalino acostumbrado a mirar sin ver y a vivir sin comprender, Arica puede ser una ciudad chata, fea, polvorienta, vieja e intrascendente. Para mí, es la joya y el ombligo de América. 
 
Nuestra prehistoria y trayecto como asentamiento humano a lo largo de todo el Holoceno, 10.000 años del período geológico más reciente de nuestro planeta, es muchísimo más de lo que puede exhibir Santiago. Además, hay visiones y vivencias inéditas que me impresionan pues representan lugares o situaciones en los cuales veo que Arica proyecta raíces que se profundizan en su extraordinario pasado y en la intimidad del ethos andino, versión Arica. Son pantallazos que ilustran simbólicamente mi predicamento en cuanto a que Arica es mucho más que un país, un botín de guerra o una ciudad polvorienta y descuidada. Son éstos, lugares que me muestran cuán profunda y peculiar es Arica en lo histórico, étnico y cultural. 
 
En su libro “Chile o una Loca Geografía” (1940) don Benjamín Subercaseaux se complica por la poca profundidad con que trata a Arica, cuando sólo tenía 13.000 habitantes. Pero le encanta y además dice: "Si venimos del norte, nos parece una ciudad desbordante de chilenidad. Si venimos del sur, nos sabe a tierra extranjera. Por eso Arica tiene algo de mito, y los que la visitan nunca saben dónde se encuentra su realidad". Lo que él no alcanzó a comprender es que ésta proviene del intenso aroma andino que baja de la precordillera hacia las tierras costeras, impregnándolas de un olor a magia y misterio que sólo se explica cuando uno se zambulle en sus profundidades. Aunque los ariqueños no conocen bien a su tierra ni a lo que está más allá de la polvorienta y mediocre urbe actual, la esencia andina trasciende sin darnos cuenta y consigue crear un impreciso pero fuerte sentido de ser diferente por ser ariqueño. 
 
No pretendo ofrecer una descripción exhaustiva de los remanentes de nuestro pasado, pues priorizaremos a la sierra o precordillera (en general, entre los 2.000 y menos de 3.500m de altura) y haremos pocos intentos por describir los remanentes históricos de la parte baja de los valles (unos pocos de ellos accesibles a través de los pobres “circuitos arqueológicos” que ofrecen las agencias de turismo) y por ahora sólo hemos iniciado la descripción de nuestras vivencias en el extenso territorio cordillerano y altiplánico (puna). Poco a poco iremos agregando material a esa sección. 
 
Por ahora priorizaremos las cabeceras de los valles, entre Zapahuira y el valle Camarones, donde se consolidó un estilo de vida que marca indeleblemente el ethos de Arica: la rica, prolongada, intensa y no siempre pacífica interacción entre dos estilos de vida que se complementan para configurar el sistema económico y social solidario y complementario del Mundo Andino, versión circuntitikaka; la interacción entre el altiplano y las yungas (tierras “calientes”) occidentales y la costa de más allá; entre los pukina pre-Tiwanaku y luego los aymaras y después los incas con los agricultores y pescadores del curso medio y bajo de los valles de Arica. Son ingredientes que, en el crisol del Mundo Andino, se funden en una historia común y un futuro armónico que no conseguirán destruir los caucásicos fragmentadores de territorios y etnias. 
 
De ese territorio precordillerano, tampoco “visitaremos” muchas ruinas como las de Pubrisa, Cobija, Miñita, etc. Mi intención es ayudar a conocer lo que es Arica en su profundidad y para ello he elegido priorizar el nicho ecológico que mejor se presta y que es más fácil de visitar. 
 
Pese a mis esfuerzos, no he podido soslayar un problema importante. La comprensión de nuestra geografía ariqueña tropieza con un formidable inconveniente: no hay en Arica mapas aceptables o los que hay son secreto militar. La ubicación de los poblados de nuestro hinterland que muestra Google Earth es muy poco fidedigna y las coordenadas (Datum GWS84) de los lugares que he identificado en su mapa no siempre coinciden con las de mi más confiable GPS. Más aún, por confiar en los límites fronterizos de Google Earth y a falta de señalizaciones viales, sin querer de pronto me encontré una vez en territorio peruano. 
 
En nuestra sierra, cordillera y altiplano hay evidencias de una muy temprana ocupación humana de cazadores (Tojo-tojone, cerca de Belén, 9.500 años) y sin duda éstos mantuvieron su actividad por varios milenios. Pero en la cordillera y en el altiplano no hay señales de una actividad Formativa (inicio de la agricultura, cerámica y asentamientos estables) como la de nuestros valles bajos de hace 3.500 años. La evolución socio-cultural del Período Intermedio Temprano y Medio no afecta a la precordillera y ésta sólo empieza a incorporarse a la economía andina después del primer milenio d.C. (Romero). Entonces adquiere importancia como área productiva y se observan magnos esfuerzos por desarrollarla: numerosos poblados, inmensa cantidad de terrazas artificiales para la agricultura (andenerías o patanaka) y obras de riego ingeniosas y hasta muy sofisticadas, como en Socoroma, donde hay estructuras hidráulicas que aportan agua de una hoya hidrográfica a otra diferente. 
 
Los primeros asentamientos estables de la sierra parecen haber aparecido durante el Intermedio Medio, ocupados por ¿altiplánicos? que pudieron haber migrado durante las postrimerías del Tiwanaku, dando origen a los “ariqueños serranos” cuyo sitio tipo es Charcollo. De los estudios de I. Muñoz et al. y Romero, se concluye que el poblamiento consistente de la sierra se inicia en una etapa ya avanzada del Intermedio Tardío, unos tres siglos antes del dominio incaico que se consolida a mediados del siglo XV, estableciéndose por primera vez en la vertiente occidental andina una economía agro-pastoril, en la cual el maíz era el producto principal. Desde Socoroma hasta el valle Camarones aparecen poblados con estructuras defensivas que demuestran la tensa —aunque enriquecedora— interacción entre poblaciones “ariqueñas” y los Señoríos Lacustres (aymaras) del altiplano (mapa). Socoroma, Belén, Huaycuta (cerca de Zapahuira) y los altos de Codpa dependían de las jerarquías costeras (Santoro y otros) y tal vez Chapicollo (entre Socoroma y Zapahuira) y particularmente Caillama (Romero) —casi en el centro de esta franja de poblados— pudieron haber tenido una mayor presencia altiplánica. En todo caso, todos estos asentamientos muestran evidencias de ocupación y/o implementos de origen costero y altiplánico. Los últimos pudieron haber provenido de los señoríos Lupaca y especialmente del Pacaje y Caranga (mapa aymaras). Las estructuras mortuorias revelan costumbres “ariqueñas” (cistas sin puerta) y altiplánicas (chullpas), demostrando la presencia de personajes de alcurnia. 
 
El mejor ejemplo es el de Zapahuira, cuyos poblados preincaicos (Chapicollo y Huaycuta) muestran cerámica altiplánica (Chilpe) y de la Cultura Arica (San Miguel y Gentilar) de hace unos 700 años, y posteriormente se establece en la zona un centro de control Inca. Otros asentamientos, como Huaihuarani y Caillama, se abandonan en el Período Tardío (inca). 
 
¿Y qué podemos decir de la historia prehispánica del altiplano?. Pues que fue territorio de los cazadores-recolectores del Período Arcaico y desde hace miles de años un espacio de tránsito de caravanas de auquénidos desde territorios actualmente bolivianos hacia nuestra costa y valles bajos, con remanentes arqueológicos del Período Tardío incaico y otros de la época colonial y republicana, cuando las recuas de auquénidos fueron reemplazadas por mulares que transportaban a Arica la riqueza argéntica obtenida de Potosí y ulteriormente se explotaron yacimientos de bórax y azufre. 
 
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